¿Me enfrento con la Pasión del Señor, o la evado? ¿Amo esa devoción, porque esa devoción redime? San Pablo de la Cruz recibió el carisma de propagar el amor a la Pasión del Señor, y ese carisma surge de una aparición de María que le dice que predique de la Pasión: “como el don más maravilloso del amor de Dios, la fuerza que puede transformar al hombre y al mundo entero”. Aceptemos ese inmenso regalo, de meditarlo sacaremos fortaleza.
En el Antiguo Testamento está oculto el Nuevo. La revelación que encontramos, por ejemplo, en Jeremías, nos descubre el amor eterno de Dios por cada uno. Nos ama antes de la Creación y lo seguirá haciendo sin término. Busquemos asentar nuestra vida en esa roca firme, para corresponder a su amor y vivir con alegría, paz, optimismo, confianza y empeño por proclamar las grandezas de ese amor.
Gran alegría al celebrar hoy a la Santísima Virgen del Carmen. Devoción entrañable por muchos motivos: san Josemaría descubrió su vocación por las huellas de un Carmelita Descalzo. En 1932 se hizo terciario carmelita y propagó ampliamente la devoción al Escapulario. Con él nos sentimos cubiertos con el manto de la Virgen y nos acogemos a ese “tan maternal privilegio sabatino”.
El pecado es el rechazo del amor de Dios. Es exclamar: ¡no quiero atarme a tus cadenas! Existe profusamente en el mundo, y no somos inmunes. De ahí la necesidad de mantener la piel fina. Pero hace falta también reconocer su existencia en nuestro interior, quizá como hábitos inveterados, ocultos bajo razones especiosas. ¿En qué ámbitos me uno a la chusma que grita, pidiendo la crucifixión del Señor?
Para recorrer el camino hacia la meta necesitamos un mapa. Este nos viene dado en el resumen de fe del Credo. Todo arranca en la primera afirmación: Creo, como rendición absoluta a una Palabra que no es nuestra. Y se sigue con lo demás: la afirmación de mi monoteísmo, la purificación de mi concepto de Dios como Padre Omnipotente, la confesión de que ha creado también aquello que me hace posible ser realmente hijo suyo.
“La vida humana es, ante todo, búsqueda de sentido” (J. Ratzinger). Aunque tengamos claro cuál es el nuestro, no es infrecuente que se nos difumine el rumbo. Intentemos, como los Magos, ser siempre peregrinos. Lo opuesto es el errante, que vive girando en torno a sí mismo, sin progresar en la dirección a la meta: el amor de Jesús, la transformación en Él.
Si tuviéramos una aplicación llamada Getsemaní, quizá el icono sería una rueda de molino, porque el significado del nombre es prensa de aceite. Jesús padeció ahí temor y angustia, haciendo una intensísima oración a su Padre. Se ajusta a la voluntad del Padre. Se mete con todo su ser buscando la unión con el Padre. Amemos el misterio de Getsemaní: Jesús orante.
Jesús decía a sus discípulos que se regocijaran y dieran saltos de alegría porque su nombre estaba escrito en los cielos (Lc 10,20). Es la alegría de saber que no vivimos ni trabajamos en vano. Pero la alegría es un don, que Dios concede a los que le son fieles, y es el don que resume todos los demás, porque es efecto de la felicidad. La alegría procede fundamentalmente de saberse amado.
San Josemaría quería ser recordado como “el que cumplió la voluntad de Dios”. Quizá pensaba en san José, que lo hizo fidelísimamente y con una característica: sin rechistar. Este verbo indica la acción de decir una palabra o emitir un sonido de queja o rechazo a determinada situación. Aprendamos del santo Patriarca a cumplir sin rechistar cuanto nos acontece, pues todo proviene de la Misericordia infinita.
“No solo de pan vive el hombre”. Y es muy verdad: sí, el hombre vive de pan, pero no solo de pan. Cuando ha saciado sus necesidades materiales, al hombre le queda un hueco. ¿Cómo llenarlo? “Con toda palabra que sale de la boca de Dos”. Nútrete de esa palabra, deléitate con ella. Sácala a relucir en cualquier circunstancia, porque será luz para tus pasos.